En una cálida noche de verano del año 300 a. C., las olas golpeaban lentamente los costados de un carguero griego que se balanceaba en medio del mar Mediterráneo, rumbo a Atenas. A bordo, el peligro no estaba en una tormenta embravecida ni en piratas acechando en la oscuridad, sino que el peligro se escondía en el corazón mismo de la embarcación... llevando su hacha de instrumentos del crimen.